ELOGIO DE LA ESCALADA
Esquí de muntanya | 12/09/2016

Los que me conocen saben que yo y la escalda no tenemos una relación muy profunda. No es una de mis fobias, pero tampoco es una de mis filias. Nos respetamos, nos admiramos, pero cada cual en su casa. Creo que la razón por la que de momento no soy un asiduo de la escalda es el ritmo que impone su práctica. O todo lo que conlleva poder llegar a adquirir un buen nivel que te permita ascender por las líneas más atractivas, creativas y sugerentes que se pueden dibujar sobre una montaña rocosa. La necesidad de buscar siempre un compañero de cordada, el acceso a la vía, la obligación de tener que estar siempre con un estado de atención mental elevadísimo, la intermitencia de la actividad por la generosa obligación de tener que asegurar el compañero  o la complejidad de técnicas y maniobras para hacer segura y posible una actividad que parece imposible me alejan de la práctica regular de este deporte. Características que para otra gente son motivos para colgarse de una pared y pueden ayudarte a llegar a verdaderos estados mentales de desconexión.

Hace unos días, casi por casualidad y sorprendiéndome a mi mismo, vencí la pereza que siempre me invade cuando me acerco –escasas veces al año- a una escuela de escalda y en una tarde escalé tres vías con unos amigos en Suiza. Vías de escalda deportiva y de dificultad baja; que no se preocupen los Pou, los Marín, los Ramonet y cia. En esa pequeña experiencia escaladora descubrí un matiz que nunca había percibido en otras escaladas. Seguramente que ahora los escaladores van a echarse unas risas por la evidencia y la poca originalidad de mi argumento, pero ahí va.

Sentí que la escalada es la única o de las únicas -ya sabemos que hacer afirmaciones categóricas en tiempos líquidos es peligroso- actividades de montaña y actividades físicas donde realmente puedes desconectar. Si vamos a correr, a esquiar o a montar en bici la monotonía de la actividad y la repetición del movimiento hace que podamos poner el piloto automático y seguir dándole a los problemas que nos invaden. Nuestro cuerpo está en un sitio y la cabeza en otro. Nuestro cuerpo está de vacaciones, pero nuestra mente está enchufada a la red Wifi del primer restaurante que encontramos en ese país exótico donde hemos ido para -supuestamente- desconectar. Porque podemos estar corriendo en un paraje natural espectacular siendo impermeables a esta belleza y seguir con la cabeza en otro sitio. En cambio como la escalda requiere un nivel de atención y concentración elevadísimo para no cometer un error fatal nos obliga verdaderamente a desconectar de nuestros problemas u ocupaciones mentales cuotidianas y conectarnos con el momento presente, con la actividad, con el ahora y aquí, en como llegar hasta la reunión y volver a bajar. Es en ese momento que todo lo demás –futuro y pasado- no importa, sólo el presente es nuestra preocupación.

Hoy en día queda muy bien, muy progre y modernillo llenarse la boca y presumir de saber vivir al día disfrutando del presente sin preocuparse por los problemas del futuro. Por eso triunfa tanto el carpe diem en aforismos de autoayuda colgados a Instagram. Pero todo esto es mentira, sólo es una pose, creer que diciéndolo en voz alta será verdad. Porque en realidad es la verbalización de nuestro miedo a no saber qué pasará en el futuro. En cambió, escalando te acercas verdaderamente a vivir al presente, aún que sea un presente momentáneo que dura lo que dura un largo, una vía o un rápel. Por muy efímero que sea ese momento presente ya es algo, porque nunca pensamos en el ahora y aquí. Generalmente nuestro estado mental viaja del pasado al futuro sin pararse nunca en el presente. Bien estamos regocijándonos con los buenos momentos del pasado, bien estamos fabulando con ese futuro prometedor que tiene que llegar, esa utopía que nos hace andar, esa zanahoria que todos llevamos colgada con un palo delante de nuestros ojos. Esto en el mejor de los casos, porque generalmente estamos viviendo entre el rancor de traumas pasados lamentándonos de lo que hubiese podido ser y el miedo que genera la incertidumbre de no saber qué será de nosotros en el futuro. De lo que ahora estamos viviendo, que es lo único real, seguro y trascendente –lo otro es fruto de nuestra imaginación- nunca nos acordamos o nunca ponemos nuestra atención. Pobre presente y pobres nosotros.

Creo que después de esta evidencia que sentí en una bonita tarde escalando en el Valais suizo voy a ponerme el arnés más a menudo para poder volver a experimentar esos beneficios de la escalada que no encontramos en otras actividades. Pero un momento; ¿no será que planeando otra bonita tarde de escalada esté viviendo en un futuro imaginario y me esté pasando por delante sin ser capaz de saborear el placer de estar escribiendo el final de este texto?

 

 


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