EL UTMB QUE QUIZÁ HAYA CORRIDO
Esquí de muntanya | 31/08/2016

Esta puede ser una historia real, de una carrera real y de un atleta real. Pero también puede ser una historia imaginaria, de un atleta imaginario corriendo una carrera imaginaria. O quizá es la carrera que un día corrí y el atleta que un día fui.

Puede ser que ya haya participado en una carrera con la incertidumbre de una lesión no curada. Una lesión que sin ser gran cosa te impide correr bien y te hace ser cauto y dudar de las posibilidades de éxito. Una lesión pequeña que forzando se puede convertir en un infierno. Una lesión que por muy insignificante que sea siempre plantea la duda de saber si uno será capaz de resolver sus problemas, de volver a ser el de antes, de volver al lugar donde lo habías dejado en el momento del infortunio. Ese lugar que nunca valoramos lo suficiente hasta que nos hacemos daño.

Cabe la posibilidad que sea un atleta entusiasta que a pesar de todas esas dudas se cuelga el dorsal en la camiseta y sale a por todas sin valorar la posibilidad de fracasar. Que lo pone todo para que esa lesión no le impida competir en igualdad de condiciones. Porqué el entusiasmo no tiene memoria, mira para adelante sin recordar los precedentes. El entusiasmo -que me gustaría tener y que quizá ya tengo- cree en los milagros y en un atleta que a pesar de estar lesionado tiene fe, cree y resucita para triunfar. Para encontrar la senda del éxito el entusiasmo busca esperanza en cualquier signo: en unos pasos sin dolor la mañana antes de la carrera; en el trabajo de unos fisios y de una ciencia médica que tantas alegrías nos da; en una estrategia de carrera para descargar la zona lesionada; o en la capacidad del respuesta del cuerpo cuando le pides su mejor versión. Al entusiasta todo le vale para ver el baso medio lleno. De la misma forma que al pesimista -que quizá también soy- todo le sirve para encontrar la excusa irrefutable y seguir paralizado procurando no perder lo poco que tiene.

En esa historia imaginaria -que quizá sea verdad- lo único cierto es que la realidad siempre modula el entusiasmo. Esa pared con la que chocan nuestros sueños y nuestras esperanzas, pero también nuestras tristezas y decepciones. En medio de la carrera la realidad se manifiesta en ese atleta, que quién sabe si algún día voy a poder ser, en forma de dolor en la zona afectada. La lesión resiste y persiste. La lesión vence al entusiasmo. Es en ese momento donde ese atleta que me gustaría ser tiene que disponer de una mente lúcida y madura que sepa ver realmente donde está y no donde su entusiasmo le gustaría estar. Y sobretodo saber donde quiere estar dentro de unos meses. Ese atleta -que quizá un día he sido y no volveré a ser- tiene que ser capaz de controlar su instinto y frenar cuando el cuerpo le pide acelerar. En medio de una carrera eso quiere decir sacarse el dorsal cuando los ánimos, las hormonas, el subidón y la recompensa de cruzar la línea de meta piden ignorar el dolor -ignorar el futuro- y seguir corriendo. Solamente de esta forma podrá conseguir lo que se proponga en el futuro, sólo así sabrá que ha madurado, que ha crecido. Como la vida es contradictoria a menudo se anda hacia el futuro haciendo marcha atrás.

Quizá todo esto ya es real y ya ha sucedido aún que yo no lo sepa. Quizá yo ya he sido ese atleta, quizá esa carrera ya la he corrido y esa historia ya la he vivido. Como la realidad se conforma, también, de lo que no sabemos que sabemos seguiré avanzando sin saber si he crecido, si he madurado, si he sido capaz de dominar el instinto o si soy un atleta entusiasta o pesimista. Seguiré sin saber que todo esto ya sucedió un jueves de finales de Agosto en los caminos que van de Orsières a Chamonix. 


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